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Construyendo una cultura de eficiencia: cuando el WFM se encuentra con las personas

¿Cuántas veces hemos escuchado este caso? Un Contact Center que inverte una pequeña fortuna en el software de WFM más avanzado del mercado: previsión con inteligencia artificial, gestión intradía automatizada, dashboards en tiempo real... todo lo que cualquier responsable de operaciones podría desear. Sin embargo, en las pantallas de los supervisores, los cuadros de mando marcan desviaciones del 20% sobre lo planificado. En la sala de descanso, los agentes comentan entre risas lo de "otra vez han publicado el horario el viernes por la noche". En la puerta de recursos humanos, un cartel anuncia una nueva convocatoria de selección, la tercera en cuatro meses.

El problema no está en el software. El problema es la cultura.

Llevamos años hablando de WFM como si fuera exclusivamente una cuestión de algoritmos, predicciones y herramientas. Y lo es, en parte. Pero como bien señala Roger Woolley, experto con casi tres décadas de trayectoria en la materia, cuando implementas WFM, cambias tu cultura. La cuestión es si ese cambio lo diriges tú o acaba sucediéndote a ti.

Porque instalas el software y esperas que la eficiencia llegue por arte de magia. Pero lo que llega, en realidad, es una tensión nueva entre lo que la operación necesita y lo que las personas están dispuestas a aceptar. Llega la rigidez de los procesos chocando contra la flexibilidad que prometiste en la entrevista de trabajo. Llega la desconfianza cuando el agente descubre que su horario lo decide un algoritmo que no entiende. Llega, en definitiva, la resistencia.

Ahí es donde muchas implementaciones de Workforce Management naufragan. No por falta de precisión en la planificación, sino por falta de inteligencia humana para gestionar el cambio.

Cuando la eficiencia duele

Pongamos un ejemplo cotidiano, de esos que todos hemos vivido. Llega el verano y, como cada año, los agentes solicitan vacaciones. El sistema calcula que en agosto necesitas un 30% de la plantilla para cubrir la demanda. Publicas los horarios y, de repente, el ambiente se tensa. Los que se quedan sienten que pierden. Los que se van, también, porque vuelven y se encuentran con compañeros quemados. El malestar se instala. La productividad cae. Y al final, el ahorro que pensabas conseguir con una planificación perfecta se diluye en bajas, rotación y desmotivación.

Un enfoque puramente técnico diría que el sistema ha hecho su trabajo pero, en realidad, has perdido una oportunidad. Porque una cultura de eficiencia no es aquella en la que los números cuadran, sino aquella en la que las personas entienden por qué cuadran.

Cuando el agente comprende que el horario nocturno existe porque hay clientes que llaman a esas horas, y que su esfuerzo tiene sentido, la eficiencia deja de ser una imposición para convertirse en un propósito compartido. Cuando el supervisor es capaz de explicar por qué este mes toca apretar más que el anterior, la planificación deja de ser un misterio y pasa a ser una brújula.

El WFM como constructor de cultura

Lo interesante del planteamiento de Woolley es que invierte la mirada. No se trata de cómo adaptar la cultura a las exigencias del Workforce Management, sino de cómo usarlo para construir la cultura que necesitas.

Si tu cultura es la de "aquí siempre se ha hecho así", el WFM te va a poner delante de todas las inercias que lastran tu operación. Si tu cultura es la de "el cliente primero, el empleado después", el WFM te va a devolver un reflejo incómodo de lo que eso significa en la práctica cuando los turnos se complican.

Pero si tu cultura es la de la transparencia, la confianza y el propósito compartido, entonces el WFM se convierte en una herramienta para reforzarla. Porque puedes mostrar los datos que justifican las decisiones. Porque permites que los agentes participen en la construcción de sus horarios dentro de los márgenes que la operación necesita. Porque conviertes la planificación en un proceso colectivo, no en una imposición que nadie comparte.

Hay empresas que lo están haciendo bien. Aquellas donde ofrecer herramientas de autoservicio para el intercambio de turnos no es solo una funcionalidad técnica, sino una declaración de principios sobre la confianza en los empleados. Aquellas donde los supervisores dedican tiempo a explicar el "por qué" de las decisiones de planificación, en lugar de limitarse a ejecutarlas. Aquellas donde, como decía Woolley, el WFM ha dejado de ser un problema del área de operaciones para convertirse en una conversación de toda la organización.

Workforce Management: El cimiento, no el adorno

Volvamos al principio. Aquel contact center con el software más avanzado del mercado seguía teniendo problemas porque confundió la herramienta con la solución. Instaló el sistema pero no construyó la cultura. Puso los ladrillos pero olvidó los cimientos.

La buena noticia es que los cimientos se pueden poner en cualquier momento. No requieren inversión en tecnología, sino inversión en liderazgo. Requieren directivos que entiendan que comunicar las decisiones de WFM es tan importante como tomarlas. Requieren supervisores formados para explicar, no sólo para ejecutar. Requieren, en definitiva, entender que la eficiencia sostenible solo es posible cuando las personas que hacen posible la operación la sienten como suya.

Como bien dice el refrán que tantas veces citamos: si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado. La eficiencia que perdura es la que se construye con las personas, no a pesar de ellas.

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